El comedor rebosaba de un ambiente cálido, acogedor, estaba adornado por unos rayos de luz que daban sombras a cualquier objeto que le pertenecía. El olor a la comida de mamá esta vez cogía el rumbo equivocado y acababa en el corazón.

Yo, recién levantado, postrado en el sillón con la televisión encendida, sin mirarla tan siquiera, era mi aliada para disfrutar del momento desde la invisibilidad de aquel que parece hacer algo. Otra vez en mi hogar.

Me sentía tan apabullado por los sentimientos… después de tanto tiempo fuera, tan a mi pesar, que nunca creí que os podría amar tanto como os amo en este momento. En ese dulce trance pude entrever tu sonrisa despeinada por mi ausencia sin argumentos.

- Volví por ti mama – dije devolviéndole una sonrisa tan dilatada como la experiencia del viejo marinero.

- Volviste, porque necesitabas volver, necesitabas empaparte de nuestro cariño, hijo.

Puede que tuviese razón, seguramente la tuviese, pero con ella no me hacía falta la contestación. Ella me decía qué era lo que me ocurría, cuando el corazón aún obstruía el paso a la razón del momento. Ella lo sabía todo y ¡qué pena que yo siempre me diese cuenta cuando todo ya había pasado!