La calle iluminada allá en un rincón de la ciudad. La luna, desde el cielo, se dejaba ver en su pleno apogeo. Yo desde cualquier habitación de un hostal cualquiera, apagado.

El día, o más bien, el fin de semana se había esfumado sin darme tiempo a ver cómo comenzaba.

Había decidido que era el momento de intentar recordar todo lo sucedido en tan poco tiempo.

Cambio de planes, tenía que salir de la rutina. Hoy, a pesar de ser domingo por la noche, no iba a dedicarme a cuidar las pocas neuronas supervivientes del fin de semana leyendo páginas llenas de palabras que en este momento no iban a pasar de esas pupilas que por cierto, aún no han recobrado su tamaño normal. Por el contrario iba a atormentar las neuronas con los recuerdos de todo lo acaecido, con los recuerdos de todo lo consumido, recuerdos tan fugaces como el éxtasis de los nuevos millonarios, justo como yo me había sentido hace unas horas antes, millonario, tenía millones y millones y millones de razones por las que sentirme feliz. Recuerdos tan perdidos que esta vez me parece que perdí la llave de su baúl.

Esta vez creo, y digo creo porque en estos momentos no estoy seguro ni del nombre que me pusieron mis padres, me comporté como un corredor de 100 metros en una maratón. La cosa es que cuando el corazón late más rápido de lo que puede, cuando late tan fuerte que hasta los cimientos de cualquier edificio tiemblan a tu paso te conviertes en un ser imparable y al mismo tiempo despreciable. Hasta que por fin llega un soslayo de realidad, es como un reflejo de lucidez tan rápido que no sabes cuál de esos cinco sentidos que dicen que tenemos ha sido el merecedor del galardón de salvavidas del mes.

Bueno por lo menos puedo decir que estoy vivo y puedo contar en estas líneas sin sentido ni fin - como este fin de semana - que me enamoré y fui capaz de salir ileso.